Hot Chat

Hot Chat

Me encanta Internet, las redes sociales, los dispositivos móviles y todo aquello que me conecte con algo o alguien de manera virtual. Tengo épocas en que soy más fan que otras.

No nací con la tecnología como mi hijo al alcance de la mano. Si le doy cualquier aparato, lo usa con instinto, ni le hace falta leer para pulsar un botón. Yo vengo de la generación de la Comodor 64, del Logo y el Atari. Soy vieja para muchas cosas. Pero hay cosas que no tienen edad. Mis padres chatean y tienen Facebook.

El sexo no tiene edad. Es increíble que sigan saliendo modos nuevos en que las personas se relacionan y el sexo está siempre ahí presente. De forma inocente o no. Desde grandes y chicos. Mis sobrinos de 10 años chatean con “amigovios” y ya comienzan a experimentar la histeria virtual.  Mis padres, buscan pareja en Internet y tienen más de 60. Y yo… bueno yo no busco nada por ahora. Pero apareció un viejo conocido. Que no lo veo desde chica. Y terminamos chateando todos los días. Y cuando digo todos, es de lunes a lunes ininterrumpidamente.

Jamás creí que iba a tener tanta onda con alguien en este momento de mi vida, totalmente descreída. Fue como un resurgir. Claro, que siempre hay “un roto para un descocido” como decía mi abuela. Él tiene sus inconvenientes personales y yo los míos. Así que inconscientemente,  al principio nos buscamos hasta ser adictos uno del otro. Porque otra palabra no tengo. Soy adicta a Romeo (su nombre ficticio).

Pero todo empezó de manera naif e inocente. De a poco nunca supe cuándo nuestra charla de “hey cómo va?” pasó a ponerse picante. Y de pronto me vi dentro de una conversación caliente y sin poder detenerla.

En primer lugar quiero decir que jamás había pasado por esta experiencia, la del hot chat. Sí de tener charlas platónicas e interesantes con otros hombres. Pero esta encendió cada parte de mi cuerpo.

Recuerdo que era sábado a la noche. Estaba sola en casa. Y mientras chateaba con él, de a poco me fui desenfrenando. Imaginé todo lo que le haría, cómo lo agarraría y por dónde empezaría mientras que se lo escribía. No dejé lugar de su cuerpo sin recorrer con mi boca. Ni dejé espacio sin acariciar con mis dedos. Me sorprendí de mí misma. De cómo describí una situación que jamás pensé que podría hacerlo. Y a partir de ese día, las conversaciones cambiaron. Los videos que nos enviamos son pornográficos (desde mi punto de vista amateur). Las fotos… me siento como modelo de Playboy. Y la más sexy por cierto. Es casi terapéutico diría yo. Porque la primera que le mandé en ropa interior, estuve 15 minutos dando vueltas. La borraba y volvía a tomármela hasta que me dije “Geno, es por tu bien. Mandale la puta foto y gustate un poco más”.

Para mi sorpresa a Romeo le encantó esa y las demás fotos que le fui mandando. Y yo aprendí a admirarme y aceptar mi cuerpo, tan solo con unas cuantas tomas.

Es como un juego, que permite sentirme libre. Es casi como tener sexo delante de un espejo y mirarlo o mirarme. Es incómodo, interesante y caliente.

Es solo traspasar esa barrera que tenemos. El límite de lo prohibido (¿?), porque con nuestro cuerpo podemos hacer lo que queramos. Es nuestro envase y de nadie más. Mientras que sea para divertirse sin hacerle daño a nadie, entonces ¿por qué no?. El límite es la conexión a internet en este caso, aunque parezca gracioso. Mientras haya entonces, sé libre y permitite sentir con quien quieras lo que vos quieras. Porque además es liberador.

Probalo 😉

Geno.

https://twitter.com/GenovevaOchoa

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